La zapatilla de cristal

18 de diciembre de 2016

1Hoy quiero recomendarles una historia que muestra la compleja realidad de vivir con desórdenes cognitivos. Una historia que muestra lo difícil que puede ser desenvolverse en el mundo cuando tu cerebro no funciona como el de los demás, que muestra lo complicado que puede ser vivir sin habilidades que el resto de nosotros da por sentadas. Más aún, esta obra no exagera, no cae en melodramas, y nos presenta al afectado como un individuo exitoso, capaz de sobrellevar su condición y vivir una vida plena como el resto de los mortales. Este relato ha sido expresado de múltiples formas, desde la literatura hasta el séptimo arte. Su versión más conocida no es otra que la Cenicienta (1950) de los estudios Disney y nuestro afectado es el Príncipe Encantador. Esta revelación quizás no tiene mucho sentido, pues la Cenicienta no es famosa por la comunicación sobre temas relacionados con salud mental ni tampoco el Príncipe Encantador es famoso por ser un personaje complejo, profundo o con un alto potencial de análisis. Pero les pido que me tengan una pizca de fe y de paciencia, pues realmente creo que en esta historia hay un caso interesante que ilustra de buena forma una peculiar alteración en el funcionamiento cerebral.

Primero, para poder identificar la condición de su alteza real el Príncipe Encantador, comencemos preguntándonos ¿cómo solemos identificar una alteración cerebral? La respuesta es que normalmente lo hacemos a través de la observación de la conducta, específicamente, a través del estudio de las desviaciones del comportamiento esperado del individuo. Desde cambios en el estado de ánimo hasta las alucinaciones más severas son señales de la presencia de un trastorno en el sistema nervioso. Pero entonces, en este caso particular, ¿qué podemos observar en la obra de la Cenicienta que nos lleve a presumir un desorden cognitivo?

No es otra cosa más que el asunto de la infame zapatilla de cristal.

O acaso ¿nunca se han preguntado por qué el príncipe usó la zapatilla para reconocer a Cenicienta? ¿No les parece un comportamiento extraño? Al menos a mí nunca ha podido dejar de molestarme el hecho que Encantador utilizara la zapatilla de cristal para poder identificar a su amada. Desde la primera vez que escuché este cuento, hace muchos años atrás, me ha parecido ilógico, casi antinatural, que tuviera que usar un zapato para reconocer a la mujer de la cual se había enamorado. Este sujeto había bailado toda la noche con Cenicienta, toda la noche y, aún así, ¿no podía diferenciarla de otras mujeres? No es como si fuesen amigos por correspondencia y que el amor surgiera a partir de una conexión intelectual, o que la fiesta haya sido un baile de máscaras y el príncipe se enamorara de los principios, carisma e ideales de nuestra joven protagonista.  No, la historia nos muestra a ella y al él verse, bailar, enamorarse y separarse. Acto seguido, el príncipe la busca desesperado, solo con la zapatilla, para dar con ella. No es descabellado decir que esta crónica es un buen ejemplo de un enamoramiento superficial, adolescente, donde la belleza física de Cenicienta fue clave en la aparición de los sentimientos amorosos del Príncipe. Por todo esto, aún en mi infancia, su conducta no me hacía sentido e imaginaba que era debido a un error o un elaborado mecanismo de la trama para poder avanzar con la historia. A mis 10 años no tenía idea de neurociencia, no sabía de toda la evidencia que muestra que el cerebro humano es excelente en detectar caras, pero tampoco necesitaba saberlo. Es bastante obvio para nosotros. ¿Por qué  iba a necesitar de una zapatilla de cristal, si el reconocimiento facial es algo que se nos da con extrema facilidad? ¿Por qué el príncipe no iba casa por casa hasta reconocer a la mujer que buscaba?

Es aquí dónde yace nuestra incongruencia conductual. Es esta la alteración que, en mi opinión, refleja un profundo trastorno neurobiológico.

4Para quienes hayan leído al gran Oliver Sacks1, mi propuesta quizás sea evidente. En mi opinión, todo el comportamiento del Príncipe de la cenicienta se puede explicar considerando que él padece de un trastorno conocido como agnosia visual de caras, también llamada prosopagnosia2. En términos generales, esta es una alteración cognitiva en la cual, quienes la sufren, no tienen la capacidad de percibir las caras. Ni siquiera pueden reconocer sus propias facciones en un espejo. Son virtualmente ciegos a los rostros, mientras que el resto de su procesamiento visual se mantiene intacto, tal cual como el Príncipe Encantador. De hecho, la mayoría de ellos mantiene la capacidad de reconocer las partes individuales que componen una cara: la nariz, los ojos, los labios, etc. Pero no pueden unir esos elementos en el constructo que identificamos como un rostro. Es como si no pudieran armar el rompecabezas y las piezas individuales resultan insuficientes para darle sentido. Tal vez todo esto suene raro pero, si lo analizamos, es fácil notar que casi todas las cosas que percibimos se pueden descomponer en distintos elementos (forma, color, textura, función…) y, sin embargo, no las vemos como la simple suma de sus partes. Identificamos las cosas como una unidad, como una entidad en sí misma. Cuando vemos una manzana, vemos una manzana, no rojo + redondo + comestible + etc, pese a que podemos identificar esas características por separado3. Con nuestra percepción de las caras es lo mismo y, para quienes sufren de propasognosia, les es imposible integrar estas partes en algo que tenga un significado coherente.

3Los primeros reportes y estudios de este trastorno fueron realizados en individuos que habían perdido la capacidad de procesar rostros luego de haber sufrido lesiones cerebrales (usualmente accidentes vasculares o enfermedades degenerativas). Hasta la fecha no han sido descritos más de un centenar de ellos, por lo que se solía pensar que ésta era una condición bastante extraña. A este tipo de prosopagnosia se le conoce como la forma adquirida y suele producirse por lesiones que afectan regiones del procesamiento visual, en especial un área del cerebro conocida como el giro fusiforme, que abarca zonas de los lóbulos temporales y occipitales4. Sin embargo, este trastorno también cuenta con una versión congénita, en la cual quienes sufren de ella nacen sin la capacidad de identificar rostros. Históricamente, ésta variante ha sido mucho más difícil de estudiar, puesto que quienes la sufren no suelen buscar ayuda dado que ni ellos ni sus cercanos suelen identificar fácilmente la alteración. Es difícil echar de menos una característica que nunca has tenido, como también es difícil notar una alteración que siempre ha estado presente. Afortunadamente, los avances tecnológicos y nuevas políticas de salud mental han permitido evaluar este tipo de agnosia en la población general y la evidencia actual muestra que entre un 2 y un 2,5% de nosotros sufre de esta condición2. Esa es una cantidad muchísimo más grande de la esperada y podría significar que hasta 175 millones de personas en el mundo no son capaces de reconocer los rostros. De hecho, hoy en día se propone que ciertos trastornos afectivos podrían estar relacionados con esta condición5. Por ejemplo, la prosopagnosia podría ser un elemento importante en la aparición de trastornos del espectro autista y estaría explicando (en parte) su dificultad para identificar las emociones de los demás.

Ahora, volviendo a Cenicienta, es fácil ver que este trastorno puede explicar la conducta del Príncipe Encantador. Si él no es capaz de reconocer caras, y solo estuvo con Cenicienta una noche, es de esperar que usara una prenda de ella para tratar de reconocerla. Es hasta predecible para alguien con su condición. Las personas que tienen prosopagnosia pueden reconocer a sus seres queridos gracias a la voz, la forma del cuerpo, el corte y color de pelo o incluso la ropa. Usan múltiples estrategias alternativas, por lo que una zapatilla de cristal no parece para nada extraño. Más aún, puesto que ningún otro personaje hace alusión al hecho (ni en las versiones cinematográficas o escritas) podríamos llegar a suponer que nuestro monarca sufre de la condición congénita. No solo hemos visto que es bastante común en la población, sino que tiene un carácter hereditario, hasta le podríamos echar la culpa a la gran tradición endogámica de la nobleza.

Pero, ¿es esto suficiente? ¿podemos decir con confianza que el príncipe sufre de este trastorno? No. Al menos no aún, pues quienes tengan fresca la trama de la película de Disney (1950) podrán recordar un detalle que pone en jaque la hipótesis que estoy presentando. En esa versión el príncipe no es quien va en búsqueda de Cenicienta, sino uno de sus sirvientes, el Gran Duque. Claramente esto presenta un problema a mi propuesta, dado que en esta situación hay mejores explicaciones para su conducta. Quizás el Duque no había visto a Cenicienta y por eso necesitaba la zapatilla de cristal para reconocerla o quizás el príncipe estaba usando la zapatilla para validar socialmente la nobleza de Cenicienta. En el fondo, en este caso no es necesario recurrir al daño cerebral para explicar este evento.

2Afortunadamente, la historia de los hermanos Grimm presenta un panorama mucho más favorable para esta hipótesis. En esta obra es Príncipe Encantador quién directamente busca a Cenicienta y usa la zapatilla para reconocerla. Más aún, cuando él llega a casa de Cenicienta, las hermanastras logran convencerlo (en dos ocasiones) de que son la mujer que él buscaba. En esta versión, la malvada madrastra había aconsejado a sus hijas mutilarse los pies con el propósito que la zapatilla  les quedara. La primera hermanastra se cercena los dedos y luego de que la zapatilla calza, el príncipe se la lleva con el objetivo de desposarla. Solo las advertencias de unas nobles ratas aladas (palomas) le permiten darse cuenta del engaño, que corrobora descubriendo la sangre dentro de la zapatilla. Básicamente sucede lo mismo con la segunda hermanastra, con la única diferencia de que ésta se corta el talón del pie. Ignorando el asunto de hablar con aves (un trastorno a la vez, por favor), esta escena evidencia que la conducta del príncipe va más allá de una excusa social, pues es burlado dos veces por mujeres que evidentemente no eran quien buscaba. Solo la observación de patrones externos a la cara (las palomas y la sangre en la zapatilla) le permitió notar el engaño. Además, el solo plan de la madrastra también sugiere que la condición de Encantador era conocida por todo el reino o si no ¿cómo diablos se atrevería a apostar que el príncipe no reconociera a la mujer que buscaba en persona? Gracias a toda esta evidencia podemos concluir que, en esta ocasión, la prosopagnosia se levanta como una explicación más coherente a la conducta global del personaje.

Por último, para quienes puedan estar preocupados del destino futuro del príncipe y Cenicienta, permítanme asegurarles que no hay nada que temer. Su agnosia visual no tendrá impacto alguno sobre la resolución de esta historia y, al final, la Cenicienta y el Príncipe Encantador vivirán felices para siempre, en una eternidad donde nuestro monarca tendrá tiempo para conocer todo lo que hay que saber sobre su amada. Todo, excepto su rostro.

Sergio Vicencio Jiménez
Dr. en Ciencias Biomédicas
Universidad de Chile

Referencias:

1.- Sacks O (1987), El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, cap 1.
2.- Gruter T, Gruter M, Carbon CC (2008), Neural and genetic foundation of face recognition and prosopagnosia. Journal of Neuropsychology, 2(Pt 1): 79 – 97.
3.- Christ Devia, A ver… ¿De qué se trata tu investigación?
4.- Sorger B, Goebel R, Schiltz C, Rossion B (2006), Understanding the functional neuroanatomy of acquired prosopagnosia. Neuroimage, 1; 35(2): 836 – 852.
5.- Barton JJ, Hefter RL, Cherkasova MV, Manoach DS (2007), Investigations of face expertise in the social developmental disorders. Neurology, 28; 69(9): 860 – 870

 

¿Quieres evaluar si tienes prosopagnosia? Aquí hay unas pruebas online que puede darte una idea (en inglés eso sí):

http://www.faceblind.org.uk/quiz/
http://www.faceblind.org/facetests/ff/ff_intro.php