¡Científicamente comprobado!

17 de noviembre de 2011

toothpasteDías atrás, me encontraba en la U comiendo un almuerzo súper saludable (mentira, era un churrasco-mayo, envuelto en tocino y grasa de ballena) cuando escuché una conversación semi-acalorada proveniente de la mesa de al lado. El tema no me interesaba mucho, pero me fue imposible no prestar atención cuando uno de los involucrados le dijo al otro: “mira, está científicamente comprobado que…”. Al oír eso, todo mi sentido del decoro se fue al diablo e inmediatamente fijé toda mi atención en la discusión. Me quedé mirando la cara del tipo que había escuchado. Era una mezcla de satisfacción y triunfo, aliñada con una pizca de arrogancia. Su compañero no le dijo nada de vuelta, solo le respondió con un rostro de ultratumba y cambió el tema rápidamente.

¿Acaso no les ha pasado algo parecido? Sospecho que sí. Es molesto, ¿verdad?

De hecho, la frase “está científicamente comprobado…” se suele oír con bastante frecuencia y en situaciones de variada índole. La publicidad es un gran ejemplo. Todos estamos familiarizados con avisos que dicen algo como: “Está cienfícamente comprobado que nuestro nuevo jabón con micropartículas e inteligencia emocional lavará tu ropa y resolverá todos tooooodos tus problemas”. Cada vez que escucho comentarios como estos me da la impresión que existe una idea, una afirmación implícita detrás de ellos. Esta idea es que la función principal de la ciencia es la de demostrar cosas, de afirmar con certeza absoluta.

Pero ¿es válido argumentar de esa forma? ¿tiene sentido usar la ciencia como una autoridad indiscutible?

Antes de responder, debo advertirles algo. Yo soy científico. Soy científico de formación (o quizás de deformación), de oficio y, más importante aún, de corazón. Estoy enamorado hasta las patas de esta disciplina, del quehacer científico, y doy las gracias que me paguen por hacer algo que para mí no parece ser un trabajo. También estoy convencido que la ciencia es la mejor herramienta que tenemos para buscar conocimiento. En otras palabras, estoy profundamente sesgado a la hora de responder estas preguntas. Por esto, si mi respuesta fuera “si” (que la ciencia funciona como una autoridad) ustedes tendrían todo el derecho a desconfiar de mí. Tendrían todo el derecho a tildarme de mentiroso, de ciego, de prejuicioso. Afortunadamente para el ensayo (y desafortunadamente para los publicistas) mi respuesta a las preguntas expuestas arriba es un rotundo “No”.

La ciencia no es una autoridad indiscutible. La ciencia no puede probar nada de forma concluyente y definitiva. Pero, ¡por favor!, no me malinterpreten. La ciencia es una gran herramienta para hallar conocimiento y nos deja decir cosas con gran certeza, con mucha confianza. Pero nunca  con absoluta confianza. La diferencia puede parecer sutil, pero en realidad es gigantesca. En breve hablaremos de esta sutileza, pero antes debemos explicar el por qué la ciencia no nos permite llegar a conclusiones definitivas. Esto se debe a que sin importar cuanta evidencia yo pueda tener a favor de una idea (hipótesis en términos más estrictos) no puedo descartar la posibilidad de que investigaciones futuras muestren que estaba equivocado.

Via_Lactea2LMCLa astronomía tiene buenos ejemplos al respecto. Por mencionar uno: a principios de siglo XX se asumía que el universo estaba conformado solo por la Vía Láctea. Nuestra galaxia representaba todo el universo. Hasta que en la década de 1920 Edwin Hubble, mediante el uso de un nuevo telescopio, encontró evidencia que el universo era más grande de lo que creíamos. Mucho más grande. Tanto así que la Vía Láctea fue degradada de ser “todo el universo” a “una galaxia más entre miles de millones”. Pasó de ser el océano a un grano de arena en la playa. Los astrónomos anteriores a Hubble no eran menos capaces. No eran más estúpidos. El contexto en el cual realizaban sus investigaciones les impidió “ver” que estaban equivocados (la situación histórica, las capacidades tecnológicas, etc, son claves en el desarrollo del pensamiento científico).

Pero entonces, ¿qué es lo que hacemos los científicos si es que no podemos probar algo con absoluta certeza?

Bueno, tratamos de acercarnos a esta certeza lo más posible. Mientras más cerca, mejor. Pues el grado de certeza sí importa. Mucho. Por ejemplo, es muy distinta la confianza que tenemos hoy sobre la forma de la tierra en comparación a los mecanismos que explican la conciencia humana. Sobre la primera podemos hablar como si tuviéramos absoluta confianza de que la tierra es “esférica”, mientras que en la segunda debemos ser mucho más cuidadosos con las afirmaciones que hacemos.

¿Y cómo podemos acercarnos a esta certeza absoluta? ¿Qué hay que hacer como científicos para poder aceptar o rechazar una hipótesis?

Para esto, es necesario estudiar nuestras propuestas, al menos, con dos puntos de vista distintos. El primero consiste en buscar la mayor cantidad de evidencia a favor de nuestras ideas. Esto suena bastante obvio. Si yo apoyo una idea es fundamental buscar pruebas de que esta tiene sentido. Además, esa tarea suele ser mentalmente reconfortante y relativamente “fácil”. A todos nos gusta buscar evidencia de que tenemos la razón, ¿no? Mientras más evidencia a favor, más confianza.

Pero eso no es suficiente. Lo que también debemos hacer como científicos es poner a prueba nuestras ideas en circunstancias que nos mostrarían que no son ciertas. En otras palabras, uno debe buscar pruebas que muestren que nuestras hipótesis son falsas.

Claramente, uno no hace esto por masoquismo (suena así ¿no?), pues dedicarse a mostrar que uno está equivocado parece bastante siniestro. No, uno lo hace por muchas razones valiosas. Si siempre existe la posibilidad de que mi hipótesis sea falsa, más me vale probar si estoy equivocado desde un principio. Además, nos ayuda a “blindar” la hipótesis que uno defiende, para estar preparado frente a cuestionamientos con los que nuestros planteamientos puedan ser recibidos. También, porque uno suele enamorarse de sus propias ideas y el amor es ciego. Es fácil ver las cosas que nos dan la razón e ignorar las que nos contradicen. Por eso hay que preocuparse activamente de hallar las inconsistencias en nuestras ideas, en un intento de luchar contra esta ceguera tan natural en todos nosotros.

Todo este último punto es clave. Es fundamental como científicos poder poner en dudas nuestros planteamientos. De hecho, al final del día, las hipótesis más sólidas son en las que uno NO encuentra evidencia que sean falsas. Tanto así que muchos filósofos de la ciencia consideran la falseabilidad como el criterio más importante para que una idea pueda ser considerada como científica.

Esto es parte de esa sutileza que mencionamos anteriormente. Dado que la ciencia sabe que no puede llegar a conclusiones definitivas, una hipótesis que no se abra a la posibilidad de ser falsa no tiene cabida dentro del quehacer científico.

Yendo más lejos, el tener una pizca de desconfianza sobre nuestras propias ideas no solo las fortalece a ellas, sino también a nosotros mismos. El trabajar con el fantasma de la incertidumbre ayuda a generar un sano escepticismo y a desarrollar humildad. Humildad frente a nuestro trabajo y a nuestra forma de ver el mundo. Y eso te da visión y también creatividad, la cual es una de las virtudes más importantes en la ciencia.

Entonces, para cerrar este breve ensayo: ¿Qué le deberíamos responder a ese joven cuando intenta ganar una discusión con solo decir que algo está científicamente comprobado? ¿Hay que decirle que la ciencia no sirve como una herramienta argumentativa? No. Por ningún motivo. La ciencia (y el conocimiento científico) es una arma muy poderosa, cuando se utiliza correctamente.

Lo que si deberíamos decir es que la ciencia no sirve como una varita mágica. La ciencia no es una figura de autoridad indiscutible. Hay que decirle que, si desea usar el conocimiento científico como argumento más le vale tener evidencia que lo respalde, más le vale que conozca las limitaciones de las investigaciones que cita y, más le vale que esté conciente que el día de mañana alguien puede llegar a descubrir que estaba completamente equivocado.

Sergio Vicencio Jiménez
Dr(c) en Ciencias Biomédicas
Laboratorio de Neurosistemas
Universidad de Chile

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