Un Shot de Ciencia

Desde mayo de este año, una vez al mes, un grupo de más de 60 personas se reúnen en un bar a pasos de Plaza Italia. En medio de cervezas, un ambiente distendido y un vocabulario relajado, participan de Shots de Ciencia, un proyecto que busca entusiasmar al público con esta disciplina.

Por Pía Gárate Carcur

Frente a un telón blanco, que proyecta diferentes imágenes de cerebros, y a un grupo de jóvenes que bebe cerveza y otros licores, está parado Fernando Ortiz. Es Doctor en Neurociencias, pero no lleva la clásica bata blanca. Viste una chaqueta deportiva azul, un cuello de lana, jeans y zapatillas. Mira el telón y señala cada imagen con su puntero rojo. Luego mira atentamente al público, toma el micrófono y les pregunta a qué animal creen que corresponde cada fotografía.

Un pulpo, un pato, un ratón— se escucha desde el público.

Al escuchar las respuestas, Fernando se ríe. Luego continua explicando en qué consistirá este Shot de Ciencia, llamado “Más allá de las neuronas”. Tercer shot en lo que va del año. Mientras habla, los garzones vestidos de negro se pasean por todas las mesas tomando pedidos, sirviendo papas fritas o hamburguesas y cervezas de diferentes sabores.

Shots de Ciencia es una iniciativa gratuita que comenzó en mayo de 2017. El proyecto lo organiza la Fundación Chile Hace Ciencia. Son charlas científicas nocturnas de 30 minutos de duración que se realizan una vez al mes o mes y medio en la Azotea Mackenna, un bar ubicado en la calle Vicuña Mackenna Nº38, a pasos de Plaza Italia.

Los temas tratados, hasta el momento, tienen que ver con la neurociencia. Las charlas tienen un vocabulario sencillo, se pueden interrumpir y siempre cuentan con una actividad lúdica. “Tratamos de tener la mayor cantidad de diálogo posible. Sería espantoso que se parara alguien, hiciera una charla académica, sin pasión, sin enganche”, cuenta Sergio Vicencio, organizador y Director de la Fundación. El objetivo es que los asistentes aprendan y se encanten, para que vuelvan al siguiente shot.

Si bien iniciativas como esta son desconocidas en Chile, en el resto del mundo no es así. El año 2003 en Boston, Estados Unidos, se crearon las Nerd Nights, una iniciativa que buscaba que los universitarios pudieran conversar e intercambiar impresiones con investigadores y científicos fuera de la sala de clases, sin formalidades y tomando cerveza. Dicho evento ya se ha replicado en 90 ciudades del mundo. En España, desde el 2012, se realiza un evento similar: El festival Pint of Science. El festival ya se ha realizado en más de 40 ciudades de Europa con la participación de 130 científicos.

Bernardita Cádiz, organizadora del proyecto y también Directora de la Fundación, estaba en España estudiando cuando asistió a una de estas actividades. La idea le llamó la atención y pensó hacerla en Chile. Cuando volvió, con el paso del tiempo, la idea quedó en el olvido. Pero un amigo se la recordó y la motivó a organizarla. “Nació de las ganas de hacer algo distinto, a todos en la fundación nos gusta tomar cerveza y hablar de ciencia”, señala. “Además, queríamos romper con el estereotipo del científico de bata blanca”, agrega Sergio Vicencio.

El cerebro está lleno de células, para hacer un ejemplo de cómo funcionan las glías y los oligodendrocitos voy a necesitar a siete voluntarios—dice Fernando mirando al público. Fernando llama a seis mujeres y a un hombre al centro del bar para una actividad. Algunos, más entusiastas, se paran de inmediato, otros, más tímidos, dudan. —Dale Pupi, ven—le grita una de las voluntarias que está de pie en el centro del bar a una amiga que está sentada, para que se anime a participar.

Cuando llegan las siete personas al centro del lugar, Fernando explica la actividad. El único hombre voluntario, llamado Carlos, se sienta al medio del bar y le vendan los ojos con un pañuelo. Las seis mujeres se ubican a su alrededor, a la misma distancia entre ellas. Las chicas deben gritarle ¡oye! desde donde se encuentran y Carlos debe señalar con el dedo desde donde viene el sonido. La actividad comienza, Carlos se equivoca, el público ríe y Fernando también.

Fernando le indica al público que harán nuevamente el ejercicio, pero que esta vez Carlos deberá ponerse unos tubos blancos en cada oreja. Cada tubo termina con un embudo apuntando al exterior. Cuando la actividad termina, el público aplaude y el voluntario se quita la venda de los ojos. Fernando pide un aplauso para los participantes, quienes vuelven a su asiento.

El doctor cuenta que la interacción fue realizada para explicar de manera sencilla una de las funciones del sistema nervioso central: la recepción coordinada de señales. “Trato de ponerme en los zapatos del público general, poner la historia en lenguaje cotidiano. Simplificar una idea, hacerla entendible profundiza la comprensión”, dice el expositor.

El público que asiste a Shots de Ciencia son jóvenes entre 20 y 30 años. La mayoría asiste en pareja o con grupos de amigos. Los organizadores señalan que no existe brecha entre los hombres y mujeres asistentes al evento y que el objetivo principal es que asistan personas que no estén ligadas a la ciencia.

Es el caso de Ángela Godoy, estudiante de Dirección Audiovisual. “Tiene lo mejor de los dos mundos, el alcohol y la ciencia”, cuenta. “Es bacán poder hablar de este tipo de cosas en un ambiente distendido, uno no siempre puede llegar y hablar de estos temas por la vida, de ciencia”, agrega.

Punto de encuentro

Un bar ubicado en la azotea de una casona antigua de color gris es el lugar escogido para encantarse con la ciencia. En medio del tráfico y el ruido de la ciudad, el sitio pasa desapercibido. Para subir a la azotea, hay que entrar al Café Triciclo, ubicado en la casona. Al entrar, sólo basta dar unos pasos para encontrarse con una escalera de madera, en la esquina izquierda.

Los peldaños son pequeños y la madera cruje cada vez que uno da un paso. La pared que bordea la escalera está sucia y tiene un esténcil negro que indica que el bar está arriba. Al llegar, hay que atravesar un pasillo para encontrar la azotea. El lugar es grande, está cerrado con plástico por el frío, las luces de la ciudad están ahí, nítidas. El piso es negro, las mesas de madera. Las lámparas que cuelgan del techo no alumbran mucho. En la esquina, sobre un mesón de madera, hay cuatro dispensadores de cervezas y un mini refrigerador.

Para dar a conocer la iniciativa, los organizadores utilizan su página de Facebook, donde tienen más de 10 mil seguidores. Ahí crean un evento, invitan a sus amigos y lo van compartiendo. Otro factor importante, cuentan, es el boca a boca. Si bien el objetivo principal es que asista gente que no sepa mucho de ciencia, Sergio señala que eso no sucede del todo. “Siendo realista puede que eso todavía no pase, todavía le estamos predicando a los conversos”, dice. “Queremos que eso vaya cambiando, como son los primeros shots vamos de a poco”, agrega.

La charla termina, Fernando da las gracias, toma un vaso con cerveza, lo levanta hacia el público y grita ¡Salud!. El público aplaude. Bernardita toma un vaso de cerveza vacío y comienza a pasearse por el sector en busca de alguna colaboración. En cada mesa se detiene, saluda y se queda conversando un buen rato con los presentes.

Al costado del bar, hay un computador enchufado a unos parlantes. Uno de los garzones pone música electrónica, sube el volumen y continúa con su trabajo. El público conversa, algunos fuman, otros van al baño o simplemente se van. El resto sigue tomando, a la espera del siguiente shot.

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